Las crónicas de Ce'dra: Prólogo

"Rojo y naranja. Eran los colores que más predominaban en el ambiente. Eran colores fuertes, los cuales transmitían todo el odio, la tristeza y la desesperación que se sufría en esos momentos. No había donde correr, no podías esconderte, y por todos lados la gente gritaba y corría en la ciudad de Ethyrul, suplicando y rezando por salir vivos de todo ese caos, o que acabará lo más pronto posible. Solamente importaba sobrevivir.

La pequeña estaba asustada, escondida debajo de un mueble en su cuarto. El miedo la paralizaba de una forma tan atroz, que no le permitía moverse ni un centímetro. Sólo tapaba sus oídos con sus pequeñas manos, creyendo que esto silenciaria todos los gritos del exterior y llorando porque, claramente, esto no funcionaba.

Tenía miedo y quería ver su madre, a su padre…

En eso, la puerta de la habitación se abrió de golpe y ella ahogó un grito de pánico. Escuchaba los pies yendo hacía ella y se imaginó las miles de formas en que se la llevarían y la asesinarían como a todos allá afuera. Sin embargo, cuando la persona se agacho, vio la cabellera pelirroja de su madre cayendo y un rostro que intentaba mostrar serenidad, pero ella sabía que no era así. Ella sabía que sus ojos esmeraldas reflejaban el mismo terror que ella.
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                 -Dame tu mano. Tenemos que correr.  Le dijo, o al menos eso creía a ver escuchado. Solamente la siguió.

Bajaron corriendo por las escaleras, pero cuidadosamente agachadas, sobre todo cuando pasaban al lado de una ventana.

Las dos se abrazaron cuando por una de las ventanas entro una piedra gigante. Su madre le indicó que se hiciera para atrás y se colocaron detrás de un librero. Era todo un arte de camuflaje, debido a que no era tan gordo como lo esperaban. Un hombre se asomó cuidadosamente por la ventana que anteriormente había roto. Su larga y puntiaguda nariz la perturbaba un poco, les recordaba a las brujas y hechiceros de las montañas que su madre mencionaba en los cuentos que leían al atardecer. Y, al pensar en ello, le perturbaba aún más, ya que estos solían ser salvajes practicantes de la magia negra que solamente usaban para sus propósitos, algunos más oscuros que otros.

Instantes después donde su corazón latía como loco dentro de su pecho y de su frente comenzaban a caer pequeñas gotas de sudor, el hombre finalmente se rindió al no poder encontrar un objetivo al cual aterrorizar. Las dos soltaron un suspiro de alivio al unísono.
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                -¿Qué ocurre? – preguntó, desesperada por no volver a presenciar aquella nariz, ni ninguna otra que se le pareciera.
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                      -Tu padre se encuentra atrás. Rápido.

A pesar de que no era la respuesta que buscaba, sí que le alegraba tener a su padre cerca. Sabía que él sería capaz de derrotar a cualquier criatura que se le pusiera enfrente, cualquiera que amenazara con hacerle daño a cualquier de ellos. Estaba segura de que protegería su pueblo… su ciudad como lo había hecho en innumerables ocasiones.

El hombre se encontraba en la puerta trasera de la casa con una espada en su mano, firme y decidida. Las miro de una manera que le rompió el corazón.
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                       -Quédense conmigo.

Afuera el caos era aún peor de lo que se escuchaba desde su hogar. No quería seguir ahí. Deseaba huir con todas sus fuerzas, pero eso era lo que tenían planeado, ¿no?

Logró ver a su vecino, quienes también intentaban escapar desde el jardín. El pequeño Dakim jamás volvería a jugar con ella, ni disfrutarían de un helado al terminar una larga tarde de jugar con pelotas y correr detrás de sus otros compañeros. Se podría decir que, incluso, comenzaba a tener una clase de sentimientos extraños hacía él. Su mamá le había hablado de ello.

Ellos caminaban. La puerta se encontraba algo lejos de donde ellos estaban, pero no dudaba que los tres saldrían vivos de todo ese embrollo. Su padre las defendía contra todo el que se les acercaba, desde hechiceros hasta trolls. Hombres con armaduras imponentes que venían a caballo, armados también de espada y arco querían impedirles el paso. Pero, al igual que su padre, muchos otros hombres tampoco se dejarían conquistar por esos monstruos que figuraban un ser humano.

De pronto, un hombre alto y delgado se paró frente a ellos con todo un ejército detrás. Estaba erguido y sus ojos miraban a todos aquellos que estaban peleando contra sus hombres. Sus orejas puntiagudas captaron la atención de la joven y supo entonces que era… un elfo.
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--                    -  ¿Cómo se atreven a oponerse a lord Zygor? – dijo con su voz que sonó como un altavoz a través del aire.

Su padre les indicó que se escondieran, pero su madre la llevó hasta un pequeño callejón mezclándose entre la multitud, indicándole que se ocultara y por ninguna razón saliera de ahí.

Lo último que recordaba la joven, era sangre y destrucción. Tristeza y miedo. Dolor y remordimiento. Rencor y venganza. Un recuerdo borroso y a la vez tan claro que su corazón se negaba a revivir, a pesar de que su memoria así lo hizo noche tras noche, sin descanso alguno… por los próximos seis años…"





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